Me hice cargo de mí mismo
La vida simplemente fluye, como el agua de un río que nace en la montaña sin conocer el camino exacto que recorrerá. No se detiene a preguntarse cuántas piedras encontrará, cuántas curvas deberá atravesar o cuántos obstáculos surgirán en su trayecto.
La vida simplemente fluye, como el agua de un río que nace en la montaña sin conocer el camino exacto que recorrerá. No se detiene a preguntarse cuántas piedras encontrará, cuántas curvas deberá atravesar o cuántos obstáculos surgirán en su trayecto. Simplemente avanza, adaptándose al terreno, rodeando las rocas cuando es necesario y continuando su marcha hasta llegar a destinos que nunca habría podido imaginar desde su nacimiento. Así ocurre también con la vida de las personas: muchas veces no sabemos dónde estaremos dentro de diez, veinte o treinta años, pero cada decisión, cada esfuerzo y cada paso dado con responsabilidad nos va conduciendo por caminos inesperados. Lo importante no es conocer todo el recorrido, sino seguir avanzando, aprendiendo y creciendo mientras el camino se va revelando ante nosotros.
Uno no se sienta a pensar. Al menos yo no lo hice. Cuando tenía 16 años y agarraba el machete para trabajar en el campo, cuando caminaba detrás de las mulas bajo el sol, cuando sembraba la tierra esperando que la cosecha respondiera al esfuerzo invertido, nunca me senté a imaginar con exactitud cómo sería mi vida décadas después. No pensé que algún día llegaría a ser sacerdote, ni que recorrería diferentes regiones del país, ni que terminaría dedicando mi vida al trabajo con las familias, los niños y las comunidades.
En aquellos años, la vida transcurría entre las labores campesinas de la vereda Las Confusas. Las jornadas comenzaban temprano y terminaban tarde. Allí aprendí que el trabajo dignifica, que la disciplina tiene recompensa y que las metas se construyen paso a paso. Sin embargo, en medio de esa cotidianidad sencilla, jamás me pregunté si algún día estudiaría filosofía, psicología o una maestría. La verdad es que la mayoría de las veces uno simplemente hace lo que corresponde hacer en el momento presente.
Quizás la diferencia estuvo en que, aun sin conocer el destino, decidí hacerme cargo de mí mismo. Entendí que cada oportunidad debía aprovecharse y que cada decisión tenía consecuencias. Por eso culminé mi bachillerato por radio en 1989 y posteriormente ingresé al seminario teológico, donde encontré un camino de formación humana, espiritual e intelectual que marcó profundamente mi existencia. Con el tiempo llegué a ser sacerdote y dediqué quince años de mi vida al servicio pastoral dentro de la Iglesia Católica.
Tampoco estaba en mis planes que un día dejaría ese ministerio. Sin embargo, la vida tiene formas inesperadas de abrir nuevos caminos. Después de quince años tomé la decisión de retirarme, iniciar una nueva etapa personal y construir una familia. Llegaron entonces nuevas responsabilidades, nuevos desafíos y nuevas alegrías. Conformé un hogar y tuve el privilegio de convertirme en padre de dos hijas, una experiencia que me permitió descubrir dimensiones del amor y del compromiso que antes no conocía.
Mientras la vida seguía avanzando, continué formándome académicamente. Obtuve la Licenciatura en Filosofía y Ciencias, luego el título profesional en Psicología y más adelante una maestría en Neuropsicología y Educación. No fueron metas que aparecieron de la noche a la mañana. Fueron procesos construidos poco a poco, combinando estudio, trabajo y perseverancia. Mirando hacia atrás, comprendo que cada etapa fue preparando la siguiente, aunque en ese momento no fuera plenamente consciente de ello.
Posteriormente llegó la oportunidad de trabajar con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Durante doce años acompañé procesos relacionados con la protección de niños, niñas, adolescentes y familias. Fue una experiencia profundamente significativa que me permitió conocer distintas realidades humanas y sociales. Ese trabajo también me llevó a vivir en diferentes lugares del país. Estuve en Ocaña, en Pasto y posteriormente en Honduras, acumulando experiencias que ampliaron mi visión del mundo y fortalecieron mi compromiso con el servicio.
Con el paso de los años regresé a San Luis, el municipio que ha sido escenario de buena parte de mi historia. Actualmente me desempeño en la Comisaría de Familia, donde continúo acompañando personas y familias en momentos complejos de sus vidas. A veces pienso en la distancia que existe entre aquel joven campesino que caminaba detrás de las mulas y el profesional que hoy ejerce funciones psicosociales. Sin embargo, también reconozco que ambos siguen siendo la misma persona: alguien que aprendió a trabajar, a perseverar y a no rendirse frente a las dificultades.
Por eso hoy puedo decir que la vida simplemente fluye. No siempre sabemos hacia dónde nos llevará. No siempre tenemos un mapa completo del camino. Muchas veces avanzamos sin imaginar lo que vendrá después. Pero también he aprendido que, aunque la vida fluye, cada persona tiene la responsabilidad de hacerse cargo de sí misma. Hacerse cargo de los sueños, de las decisiones, de los errores, de los aprendizajes y de las oportunidades. Quizás esa sea la verdadera enseñanza de mi historia: no podemos controlar todo lo que sucede, pero sí podemos decidir cómo responder a cada etapa del camino. Y cuando asumimos esa responsabilidad, descubrimos que incluso los senderos más inesperados pueden conducirnos a lugares que jamás imaginamos alcanzar.